lunes, 21 de septiembre de 2009

Frank Zappa y George Clinton: Una pareja de locos geniales



En aquel libro que una vez identificamos como nuestro propio canto al inconformismo y después hemos venido aceptando como uno de los más tremendos testimonios de la condición humana, El Lobo Estepario –Steppenwolf como se nombraría una famosa banda de rock de los sesenta que pregonaba nuestro derecho a ser salvajes- Hermann Hesse decía que “así como la locura en grado superior, es el principio de toda ciencia, así es la esquizofrenia el principio de todo arte, de toda fantasía”.

Dos ejemplos en los cuales la locura raya con la genialidad, se enmascara con posturas irreverentes y absurdas un trabajo muy acucioso realmente agudo e inteligente para desconcertar a aquellos que ven virtuosismo donde sólo reina la mediocridad, encontramos en Frank Zappa y George Clinton

Frank Zappa, un personaje estrafalario para muchos, un ser excepcional e incomprendido para otros, ya sea por su afán de experimentación en el campo musical, ya sea por la manera en que desafió la hipócrita sociedad norteamericana y su enajenante industria del espectáculo. A él se le reconoce como una de las influencias de George Clinton –dentro de un heterogéneo conjunto del que hacen parte Sly and The Family Stone, Jimmy Hendrix, Sun Ra y el protopunk de Detroit- sin embargo éste prefiere deslindarse de su antecesor en parte porque su funk reivindica a la música como el instrumento de liberación de la oprimida población afroamericana. Lo que se degeneraría en disco sound, de fácil consumo para los WASP, sería para Parliament/Funkadelic el encadenamiento de lazos de hermandad entre seres humanos a través del ritmo –del “groove”. Zappa y Clinton saborearían el éxito comercial; pero al final terminarían como objetos de culto para fervientes admiradores; ambos serían herederos de los juegos vocales del doo wop –en tono irónico- de los cuarenta y cincuenta y también coquetearían con la psicodelia.

Nos quedaríamos cortos en abundar sobre la vida de Zappa (en Internet se ofrece buen material en español e inglés, incluso están disponibles notas autobiográficas) pero cabe resaltar que hizo lo que se le antojó sin supeditarse a los derroteros marcados por sellos discográficos; que de joven se interesó por el Rhytim and Blues pero también por Edgar Varése cuyos discos buscó –sin haberlo escuchado- como un discípulo a un maestro espiritual al leer en una reseña a cerca de una de sus grabaciones que parecía un "revoltijo de tambores y otros sonidos desagradables" y de ahí se enrumbó hacia Igor Stravinsky y su dodecafonismo; que produjo, dirigió y protagonizó la bizarra película 200 moteles; que la obscenidad de sus letras nada le envidian a las actuales...en fin. Si usted cree que los Beatles lo inventaron todo, que el tecno y la onda Indie son inventos del siglo XXI, entonces niéguese a sí mismo al escuchar la vanguardista ¡Freak Out¡ del 1966 obra primigenia y grito de guerra de los marginales, de los que no encajan en el american style of life. Su artillería la apuntó tanto a los convencionalismos sociales como a los musicales. El primer tema de este clásico inmortal es todo un himno lapidario que dice:

Míster América, intenta ocultar el vacío que eres por dentro. Ni tus mentiras, ni tus trucos evitarán la creciente marea de rarezas humanas hambrientas (hungry freaks)..

Bajo la tutela de George Clinton estarían las grandes estrellas de las tres últimas décadas del siglo XX como Boosty Collins, Prince y Red Hot and Chilli Peppers. Su puesta en escena con naves espaciales en descenso para trasladar a los seres humanos al planeta del ritmo nada envidaban a los fastuosos conciertos de las megabandas de rock a finales de los setenta. Desafortunadamente líos legales y de drogas puso en desbandada la envidiable pléyade congregada alrededor de George Clinton, pero su legado ha sido base sólida para la posterior generación hip hop.

Dos locos geniales que siguen al pie de la letra el mensaje de aquella canción que Pink Floyd dedicaría al fundador de la banda, el malogrado Syd Barrett: Shine Your Crazy Diamond.

jueves, 2 de julio de 2009

En el arte está la respuesta







¿De qué sirve que el arte sea osado en sus propuestas, si no se atreve a irrumpir con fuerza en el inhumano espacio urbano? Apenas el arte -en todas su facetas- mendiga momentos de ocio, espacios inhabitados, desintegrado a la realidad en el que se haya inmerso, un requisito mínimo para pretender de que nuestra circunstancia sea interpretada en el acto creador.

No es que no haya artistas...algunos se acercan a ti y con un guiño secreto sabes de su condición, de su desnuda condición humana. Otros llegan por intermedio de juglares que nos cuentan sus leyendas. Otros te saludan satisfechos, con sudor en la frente y respiración entrecortada, luego que con sus precarios recursos han logrado montar una exposición u organizar un evento cultural. Pero, por lo demás, la indiferencia lo devora todo y parece que ante ella sólo cabe la claudicación.

Necesitamos más montajes teatrales, más exposiciones, más música -de la que sea, pero que salga de la garganta de los hombres, no de estruendosos parlantes-, más locos con versos gravitando sobre sus cabezas y menos lugares comunes enterrados como aerolitos, más tinta sangrante con sabor a vida, más "acontecimientos artísticos" que partan la dura piñata de lo cotidiano.

Nuestro carácter, dizque reservado, nuestro dizque provincianismo -siendo incluso los tachirenses más cosmopolitas que los habitantes de las grandes capitales, lo que pasa es que nos cuesta aceptarlo-, nuestro ascendente andino dizque tradicionalista, son las respuestas que más abundan para justificar el maniaco-depresivo avance del hecho artístico en nuestra región. Ya es hora de sacudirnos del marasmo o que los que ya se lo han sacudido en ellos mismos, se dediquen a espantarlo en los demás, se arriesguen una vez a una nueva derrota. Queremos desenchufar a la juventud de tantos monitores -los pesados y los portátiles-, o proporcionarles opción distinta a la bebedera y las demás “eras” sin pensar que en el arte -no el arte-espectáculo que justifica tantos presupuestos culturales, sino en el arte consustanciado a la vida- está la respuesta a sus inquietudes...y procol harum el arte, en la poética de la existencia.

martes, 30 de junio de 2009

El autor no existe


Entre los intelectuales desde mediados del siglo pasado se proclamó una sentencia que hoy en día los vendedores informales vociferan: el autor no existe.

Nunca antes en la calle se había visto tanto material artístico y a tan bajo precio. Por doquier se levanta un puesto para vender discos, libros, software, manualidades, artesanías, vestuario etc. (estos últimos artículos no entran dentro de nuestro tema pero sí hacen parte del actual “paisaje urbano”). Televisores, equipos de sonido y hasta computadoras a la intemperie sirven para la exposición del contenido de la mercancía. Podemos quedarnos un rato ante una vitrina a contemplar lo que nuestros bolsillos no pueden alcanzar, o pararnos en una acera para preguntar a quien se adueñó de ese “punto” si tiene tal o cual título, alargarle un billete y llevárnoslo para la casa.

Muy solidaria la transacción pero ¿dónde está el autor y sus derechos de propiedad intelectual? La Escuela de Frankfort denunciaba como las industrias culturales con la producción en serie atentaban contra el hecho “único e irrepetible” de la obra de arte. Andy Warhol para nada se adscribió a esta condena, y era feliz reproduciendo miles de Marilyns, de sopas Cambells y otros iconos del consumismo

Si Warhol paseara por las calles del centro de San Cristóbal de seguro viviría en un permanente estado de fascinación, y tal vez un Teodoro Adorno no tanto, aunque aceptaría en degustar cierto dulce sabor de la venganza al certificar la piratería como un golpe al hígado a las industrias culturales, el cobro de una “deuda social”, gracias a las accesibles tecnologías digitales de clonación.

Pero el supuesto acto de justicia para el extenuado bolsillo del consumidor y las personas que buscan un modo de subsistencia, para algunos no se compadece con las dimensiones desproporcionadas que ha adoptado el asunto. Datos oficiales registran que más del 80% del material discográfico que se vende en Venezuela es pirata, una cifra también aplicable al resto de Latinoamérica. Otro tanto sucede con las editoriales que ningún hechizo de Harry Porter, ni ningún buen consejo de Paolo Cohelo han salvado. Agregan los enemigos de la piratería que si bien no podemos equiparar el valor de una “edición” al de un “original” si supera al de la copia pues de una edición se benefician quienes participan de su concepción, producción, distribución y venta e igualmente el Estado, vía impuestos y generación de empleos, se ve favorecido de esa “cadena económica”. Ante esa tesis unos refutarían ¿beneficios para quién?, y otros dirían que debemos aceptar las consecuencias inevitables de los adelantos tecnológicos, como se tuvo que consentir a la fotocopiadora y el cassete.

Pero lo que aquí nos interesa es el autor, no las consideraciones económicas, que van más con otro tipo de artículos ¿Existe el autor? Cuando se respondió negativamente esta pregunta –con la muerte del sujeto como transfondo- se quería decir, entre otras cosas, que toda obra es apenas un germen a gestarse en el lector, el fruidor, el intérprete -o como queramos llamarlo; lo que será de la obra está a cuenta y riesgo de quien se posesione estéticamente de ella. Todo estilema, toda huella de identidad, está entre paréntesis. Entonces ¿dónde queda el autor en el comercio pirata donde la noción sobre él es tan básica por no decir que la compra está guiada por criterios al azar? En medio de una barahúnda, y nunca como antes, en el caso del cine, el film del autor se puede encontrar con filmes pornográficos, comiquitas o chistes del Conde del Guacharo. Todos los títulos indiferenciados se amontonan, quedan esparcidos por doquier a la espera de que un ojo ávido de novedades los ubique ¿realmente importa eso? En ese cambalache problemático y febril de las aceras atestadas no hay lector, ni intérprete: el sujeto no sólo está muerto sino sepultado diez metros bajo tierra. Apenas se produce un acto de adquisición, indolente la mayor parte de las veces Definitivamente el autor no existe. Compremos y consumamos

Autobiografía, mentira y dolor


Vivimos permanentemente escribiendo nuestra autobiografía. No entendemos que son nuestras palabras las que menos cuentan en este texto y que las anécdotas son lo menos interesante.

Cuando enunciamos se hace presente un locutor, una máscara y una mentira. En últimas el Yo reafirma su victoria, siente que ha ganado una posición más, pero al final su alarde es ridículo.

He visto declinar una sonrisa para dar paso a un destello de odio. He tomado una estridente risa como un elixir para seguir viviendo y al rato me fastidia la farsa en que participa.

Entonces se establece la necesidad de ser honestos con nosotros mismos y por ese camino es posible niveles de sinceridad. Nos damos cuenta que el cuerpo no miente y que cuando falsificamos las cosas -Ja!, las cosas que son en realidad la Cosa- nos reclama, está en capacidad de revirar.

En los servicios de inteligencia hay ojos meticulosos -especialistas en psicología- atentos a las más mínima señal que delate a un mentiroso, pero que también disponen de esos conocimientos para crear los más avanzados "caraduras" quienes pueden hasta aprobar el examen del polígrafo y de la tortura china.

Everybody´s got something to hide except me and my monkey.

Pero de ahí para arriba, o de ahí para abajo se trama la red de mentiras, algo posible cuando se incorpora la dimensión tiempo y la existencia gana un punto de fuga.

Ni el hoy, ni el ayer, ni el mañana para el cuerpo. Se destruye, se muere y el afán de sus placeres va atenuando; pero mansamente nada reclama a lo que pudo haber sido o a lo que será.

Es triste -por no decir patético- ver la desesperación del moribundo. El orgullo sacude violentamente a lo que ya se ha resignado a su propio destino. Hasta que el "muñeco" dice nevermore.

El dolor es una señal. En realidad detrás de toda señal está el dolor. Cuando nos dimos cuenta -en un principio- que no eramos uno y luego cuando la separación fue irreversible nacieron los signos.

La poesía es entonces intento de reparación...

Habíamos dicho que vivimos escribiendo nuestra autobiografía y terminamos por encontrar un atributo a la poesía que puede no ser tal o no el único.

En la poesía el dolor se refiere en el contenido o en la forma directamente. Sin embargo a veces su bitácora es más compleja. En esa selva hay claros de esperanza: cuando ya nada queda por decir y era mejor -tanto para el lector como para el escritor- no continuar más..

( Me queda flotando en algún lugar de mi dispersa mente la frase que anteriormente había escrito...)

La poesía es un intento de curación, de sanación, de cubrir grietas con un poco de la mezcla de sangre y sudor que hemos derramado...también semén pero siempre fecundo y brillante nunca estéril o desperdiciado

El dolor no está hecho para ser gemido por eso no creo en las elegías lacrimógenas. Cuando ya ha agarrado la conciencia entonces comienza a palpitar con más ardor. Antes era presencia incomoda hasta que encuentra su lugar.

El corazón duele cuando se petrifica entonces quiere arrastrarte el cuero en su caída. Corrección: duele su caída.

Todo texto es autobiográfico: sin nombres, ni señas, ni hechos, ni direcciones, ni impresiones.

Si miras fijamente una hoja en blanco al cabo de un tiempo te darás cuenta de las extrañas formas que se insinúan en los grises. Las nubes te recuerdan cosas -Ja!, las cosas que son en realidad La Cosa- pero si el cielo es muy azul hiere mis ojos.

Alusiones, paréntesis, elipsis, blancos, silencios... (ríndete charlatán). La muerte escribe lo que hemos vivido. En el punto final comienza todo luego de kilómetros y kilómetros de nada absoluta.

Al cuarto podríamos invitar una máxima. No se me ocurre ninguna... además las paredes están muy próximas. Lo reducido de la habitación me ahoga.

No fumo cigarrillo, no hago café; sólo miro por mi ventana. Me trago esa palabra y la siguiente. Y me imagino ser uno de esos expertos de la CIA. Que encantadora es la mentira cuando se dice con tanta gracia pero cuánto duele tu torpeza en esas materias...cuanto duele obtener la maestría.

Dolor, escritura y la mentira van de la mano. Y tu miras o evades la presencia. Igual la Historia se seguirá escribiendo... o mejor las múltiples lecturas la seguirán escribiendo.

Cuando se dejan correr las páginas a gran velocidad un fresco pega en tu cara pero sabes que debes detenerte y comenzar por cualquier línea.

Everybody´s got something to hide except me and my monkey.

¿Escribir o teclear?


Estas primeras líneas las anoto con un bolígrafo y sobre una hoja de papel. La fluidez de la escritura manual en nada se compara al insidioso picoteo contra el teclado. La bella danza de la mano además de ir redescubriendo su contorno va delatando en cada letra una personalidad, contrario a lo que sucede con las fuentes estandarizadas en la memoria del computador. Por supuesto se diría que el usuario puede escoger la caligrafía de su predilección, conforme a gustos e incluso al contenido del texto; pero no es lo mismo. Detrás del milagro tecnológico que activa el carácter sobre la pantalla, o sobre miles de pantallas al mismo tiempo, está la contribución de diseñadores gráficos de todas las épocas; sin embargo el simulacro no queda por ello eximido. Igual cabe disgregar acerca del soporte tan efímero como una superficie de arena, por no decir, de agua. A medida que la máquina se fue aproximando al usuario, se fue haciendo más amigable –al decir de los defensores de la tecnología-; la aparente preocupación por la deshumanización que propicia el depender de ella se fue obviando. Una mentira más. La aparente ventaja que provee la máquina obliga al usuario a ajustarse a las propias características del instrumental el cual termina por imponer sus rutinas. Cuando la máquina pasó a ser una interfaz de comunicación -facilitador de enlaces a larga distancia nunca imaginados sin necesidad de moverse ni un milímetro- ese dominio se hizo más que evidente. Humanizar a la maquina se ha convertido en un negocio rentable pero a la larga sólo perfecciona la trampa. Decimos que podemos conversar a través de ella cuando lo único que ocurre son diálogos dignos de Ionesco. A veces en un chat no sé si es la máquina la que me está hablando o es realmente una persona. La incorporación del multimedia no me inhibe el extrañamiento. A veces escribo a tal velocidad que no me permito ni leer bien lo redactado que por lo regular no pasa la prueba gramatical ni ortográfica. Con mucha frecuencia para no usar tantas palabras todo lo resumo en los llamados emoticones, pequeña revolución de la lúdica, la creatividad y la emoción, inventada en sus comienzos por los usuarios, a un paso entre la simbolización y la representación breve, un desafío semiótico. Es interesante darse cuenta como los emoticones en muchas ocasiones terminan hilvanándose como jeroglíficos y pienso entonces que viajamos en el tiempo a la época de los escribas egipcios. ¿Qué hubieran hecho ellos con una latop?

Hiroshima Mon Amour


¿Cómo iba a saber que esta ciudad estaba hecha a la medida del amor?


De aquel fatídico agosto de 1945 en Hiroshima y Nagasaki queda un material fílmico cuya oscura fuerza onírica nos embarga de un espanto desconocido, muy distinto al que nos infunde la escabrosidad de su contenido o la amenaza para la humanidad advertida por ese documento visual. En algunas de sus secuencias, la cámara parece no pertenecer ya a este mundo como si hubiese transpasado un umbral abierto por la potencia de la explosión nuclear para instalarse en el mismísimo Valle de la Muerte habiendo adquirido su emulsión fotográfica una sensibilidad de orden psíquico permeable al pavor durante un rodaje de dimensiones espacio-temporales alteradas.

Con un indeciso paneo se intenta cubrir el mar de escombros sobre los cuales se yerguen con inútil orgullo los restos de alguno que otro edificio en medio de un vacío de huellas, un vacío de gestos, un vacío de hombres y mujeres que transpira un terror inefable... Después el mundo comenzó a presenciar los titánicos hongos, los mutilados, las deformidades genéticas, los objetos y las personas convertidas en la sombras de sí mismas, como si el fuego hubiese fundido hasta las propias almas. Siguieron los testimonios, las estadísticas: ochenta mil personas devoradas por un infierno a tres millones de grados centígrados que recibirían luego la compañía en el más allá de cien mil personas más.

El cine nos concedió ese pasaporte a lo inaudito de una manera nunca antes plasmadas por cualquiera de sus realizaciones fantásticas o histriónicas. Sin embargo, todo intento de reconstrucción de un hecho sólo nos habla de su imposibilidad de retrotraerlo al presente. La distancia entre la vivencia en cuerpo presente del drama y la contemplación a posteriori de sus trazas, no se recupera con un alto grado de iconicidad, una cantidad suficiente de información o testimonios fieles e intensos. Como pasa con muchos hechos cruciales, lo realmente ocurrido en Hiroshima no obstante escapar a cualquier representación, se hace sentir en las resonancias que traspasaron la materia y la carne hacia la Historia Profunda de la Humanidad. Hiroshima Mon Amour de Alain Resnais, con guión de Margarite Duras, es una exploración de esos registros, de esas heridas abiertas sobre el inconsciente colectivo global.

Para muchos críticos de cine con Hiroshima Mon Amour (1959) despega en Francia la muy nombrada nouvelle vague, un tema que podría enmarcar y absorber esta disertación sobre la película y que preferimos cederlo a las miles de páginas escritas al respecto. Su filiación a una época, en la que el socialismo haría sus propuestas más inteligentes y verdaderamente desafiantes a nivel estético, no nos puede hacer perder de vista que Hiroshima Mon Amour es ante todo una obra excepcional.

Ya Resnais había sorprendido a los cinéfilos con el documental Noche y Niebla para contarnos del Holocausto nazi, obra chocante al Gobierno francés que la censuró. Para su primer largometraje se apoya en las indicaciones de Duras, a partir de las cuales reinventa el lenguaje cinematográfico, y así dar la palabra al Recuerdo con sus mecanismos de deconstrucción permanente del pasado, el presente y el futuro.

Mientras los cuerpos, mostrados en cuestión de instantes aparentemente con la escarcha radioactiva cubriendo su piel, se obligan a estrechar más el abrazo, dos almas todavía no se encuentran entre un oscuro laberinto. Con sus potentes llamaradas, la explosión sexual es insuficiente para la Revelación absoluta pero al menos su onda sísmica abre grietas que rezuman el Recuerdo. Las imágenes se imponen al Logos, con ellas Resnais hace su trabajo formal, en posición psicoanalitica, tras las pistas de Duras inscritas sobre una partitura en clave de obsesión mayor. En las primeras secuencias de Hiroshima Mon Amour se estable la dialéctica entre el documental y la ficción en camino a la superación de ambos géneros. El personaje principal, protagonizado por Emmanuelle Riva, aparece, en principio, como una voz en off intentando identificar a su vivencia más profunda imágenes que no son suyas, las de la tragedia japonesa en la Segunda Guerra Mundial. En contrapunto, otra voz, la del amante nipón, encarnado por Eiji Okada niega tal locura, la niega con dolor porque él sí fue una víctima indirecta, sin embargo el olvido amenaza con quitarle la pertenencia a esos hechos.

- Siempre he llorado por el destino de Hiroshima, siempre
-¿Que había allí para que lloraras?
- Recuerdo que el quinto día Hiroshima se recubrió de flores, había mazos de gladiolas, iris, azucenas surgidos de las cenizas.

Muchas cosas se irán explicando a medida que se desarrolla la película; la rosa irá perdiendo sus pétalos desnudando el núcleo temático, para sustentar la tesis de la autora de El Amante sobre el Eterno Retorno, que no es otra cosa sino el volver sobre ese acontecimiento único, fundamental, que sella el resto de nuestras vidas. Filmar una película sólo es el pretexto del personaje femenino principal, tal vez con una carrera actoral y un matrimonio en declive, para visitar Hiroshima; las verdaderas razones están varios años y kilómetros atrás, hacia los cuales nos remontamos en el curso de las confesiones, en Nevers durante los conflictivos años de la invasión nazi a Francia. La elocuencia sobre la que se levanta la narración será en gran parte elocuencia silenciosa reservada a las imágenes, y también, izando lo que el Verbo obtiene desenterrar, la elocuencia del sufrimiento por una condena a un amor prohibido, amor al enemigo, al maldito, al criminal, al execrado impuesta por los vencedores. Pero el desbordamiento creativo no se subordina a la anécdota, ese gran vicio del cine norteamericano; ante todo su objetivo principal es filosófico, no entendido éste como juicio moral -otro gran defecto del cine norteamericano, valga el ensañamiento. De esta manera se aborda un asunto como el olvido del que Platón nos dice es producto de nuestras inconsultas abluciones en el río infernal Leteo: en Hiroshima Mon Amour se insiste en el olvido como la más importante función de la memoria, lo que implica cierto acto de la Voluntad.

- Escucha, como tú, yo conozco el olvido
- No tú no conoces el olvido
- Como tú tengo buena memoria conozco el olvido
- No tú no tienes memoria
- Como tú he luchado con todas mis fuerzas contra el olvido. Como tú olvide. Como tú he deseado una memoria de consuelo, una memoria de sombras o piedras. Yo también luche con todas mis fuerzas día a día, contra el horror del no ser capaz de entender la razón de olvidar. Como tú olvide. Porque negar la evidente necesidad de recuerdo. Te reencuentro, me acuerdo de ti ¿quién eres? Tú me destruyes. Tú me haces bien ¿Cómo iba a saber que esta ciudad estaba hecha para la medida del amor?

¿Cuál es la medida del amor? ¿La tendencia neurótica hacia un sólo objeto? No, la verdadera medida del amor está en la solidaridad, en la conmoción, en últimas en la compasión por los desdichados, los renegados, los abandonados. Algo que no todos estamos en capacidad de asumir porque la compasión no acepta medias tintas como nos recuerda Stefan Sweig en la Impaciencia del Corazón

“No se me ocultó que si empezara a imaginar la miseria simultánea de esta Tierra, quien tal hiciera se quedaría sin sueño y se ahogaría toda risa en su boca. Pero no se trata de la pena imaginada, la que confunde y achata. Sólo conmueve al alma aquella que se ha visto realmente con los ojos de la compasión”

Hiroshima Mon Amour es hito fundamental en la historia del cine, tan importante, nos atrevemos a afirmar, como el Ciudadano Kane de Orson Welles, pero esta película se construye sobre los datos externos que el mismo Welles admite de inútiles cuando se quiere ahondar más el alma humana pero sin atreverse él mismo virar hacia con otros caminos, conformándose con indagar sobre una palabra de reminiscencias infantiles. Gracias a Hiroshima Mon Amour se asimila el lenguaje de la memoria al cine, lenguaje fragmentario, como fragmentada y rota está el alma humana.