En aquel libro que una vez identificamos como nuestro propio canto al inconformismo y después hemos venido aceptando como uno de los más tremendos testimonios de la condición humana, El Lobo Estepario –Steppenwolf como se nombraría una famosa banda de rock de los sesenta que pregonaba nuestro derecho a ser salvajes- Hermann Hesse decía que “así como la locura en grado superior, es el principio de toda ciencia, así es la esquizofrenia el principio de todo arte, de toda fantasía”.
Dos ejemplos en los cuales la locura raya con la genialidad, se enmascara con posturas irreverentes y absurdas un trabajo muy acucioso realmente agudo e inteligente para desconcertar a aquellos que ven virtuosismo donde sólo reina la mediocridad, encontramos en Frank Zappa y George Clinton
Frank Zappa, un personaje estrafalario para muchos, un ser excepcional e incomprendido para otros, ya sea por su afán de experimentación en el campo musical, ya sea por la manera en que desafió la hipócrita sociedad norteamericana y su enajenante industria del espectáculo. A él se le reconoce como una de las influencias de George Clinton –dentro de un heterogéneo conjunto del que hacen parte Sly and The Family Stone, Jimmy Hendrix, Sun Ra y el protopunk de Detroit- sin embargo éste prefiere deslindarse de su antecesor en parte porque su funk reivindica a la música como el instrumento de liberación de la oprimida población afroamericana. Lo que se degeneraría en disco sound, de fácil consumo para los WASP, sería para Parliament/Funkadelic el encadenamiento de lazos de hermandad entre seres humanos a través del ritmo –del “groove”. Zappa y Clinton saborearían el éxito comercial; pero al final terminarían como objetos de culto para fervientes admiradores; ambos serían herederos de los juegos vocales del doo wop –en tono irónico- de los cuarenta y cincuenta y también coquetearían con la psicodelia.
Nos quedaríamos cortos en abundar sobre la vida de Zappa (en Internet se ofrece buen material en español e inglés, incluso están disponibles notas autobiográficas) pero cabe resaltar que hizo lo que se le antojó sin supeditarse a los derroteros marcados por sellos discográficos; que de joven se interesó por el Rhytim and Blues pero también por Edgar Varése cuyos discos buscó –sin haberlo escuchado- como un discípulo a un maestro espiritual al leer en una reseña a cerca de una de sus grabaciones que parecía un "revoltijo de tambores y otros sonidos desagradables" y de ahí se enrumbó hacia Igor Stravinsky y su dodecafonismo; que produjo, dirigió y protagonizó la bizarra película 200 moteles; que la obscenidad de sus letras nada le envidian a las actuales...en fin. Si usted cree que los Beatles lo inventaron todo, que el tecno y la onda Indie son inventos del siglo XXI, entonces niéguese a sí mismo al escuchar la vanguardista ¡Freak Out¡ del 1966 obra primigenia y grito de guerra de los marginales, de los que no encajan en el american style of life. Su artillería la apuntó tanto a los convencionalismos sociales como a los musicales. El primer tema de este clásico inmortal es todo un himno lapidario que dice:
Míster América, intenta ocultar el vacío que eres por dentro. Ni tus mentiras, ni tus trucos evitarán la creciente marea de rarezas humanas hambrientas (hungry freaks)..
Bajo la tutela de George Clinton estarían las grandes estrellas de las tres últimas décadas del siglo XX como Boosty Collins, Prince y Red Hot and Chilli Peppers. Su puesta en escena con naves espaciales en descenso para trasladar a los seres humanos al planeta del ritmo nada envidaban a los fastuosos conciertos de las megabandas de rock a finales de los setenta. Desafortunadamente líos legales y de drogas puso en desbandada la envidiable pléyade congregada alrededor de George Clinton, pero su legado ha sido base sólida para la posterior generación hip hop.
Dos locos geniales que siguen al pie de la letra el mensaje de aquella canción que Pink Floyd dedicaría al fundador de la banda, el malogrado Syd Barrett: Shine Your Crazy Diamond.
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