
Entre los intelectuales desde mediados del siglo pasado se proclamó una sentencia que hoy en día los vendedores informales vociferan: el autor no existe.
Nunca antes en la calle se había visto tanto material artístico y a tan bajo precio. Por doquier se levanta un puesto para vender discos, libros, software, manualidades, artesanías, vestuario etc. (estos últimos artículos no entran dentro de nuestro tema pero sí hacen parte del actual “paisaje urbano”). Televisores, equipos de sonido y hasta computadoras a la intemperie sirven para la exposición del contenido de la mercancía. Podemos quedarnos un rato ante una vitrina a contemplar lo que nuestros bolsillos no pueden alcanzar, o pararnos en una acera para preguntar a quien se adueñó de ese “punto” si tiene tal o cual título, alargarle un billete y llevárnoslo para la casa.
Muy solidaria la transacción pero ¿dónde está el autor y sus derechos de propiedad intelectual? La Escuela de Frankfort denunciaba como las industrias culturales con la producción en serie atentaban contra el hecho “único e irrepetible” de la obra de arte. Andy Warhol para nada se adscribió a esta condena, y era feliz reproduciendo miles de Marilyns, de sopas Cambells y otros iconos del consumismo
Si Warhol paseara por las calles del centro de San Cristóbal de seguro viviría en un permanente estado de fascinación, y tal vez un Teodoro Adorno no tanto, aunque aceptaría en degustar cierto dulce sabor de la venganza al certificar la piratería como un golpe al hígado a las industrias culturales, el cobro de una “deuda social”, gracias a las accesibles tecnologías digitales de clonación.
Pero el supuesto acto de justicia para el extenuado bolsillo del consumidor y las personas que buscan un modo de subsistencia, para algunos no se compadece con las dimensiones desproporcionadas que ha adoptado el asunto. Datos oficiales registran que más del 80% del material discográfico que se vende en Venezuela es pirata, una cifra también aplicable al resto de Latinoamérica. Otro tanto sucede con las editoriales que ningún hechizo de Harry Porter, ni ningún buen consejo de Paolo Cohelo han salvado. Agregan los enemigos de la piratería que si bien no podemos equiparar el valor de una “edición” al de un “original” si supera al de la copia pues de una edición se benefician quienes participan de su concepción, producción, distribución y venta e igualmente el Estado, vía impuestos y generación de empleos, se ve favorecido de esa “cadena económica”. Ante esa tesis unos refutarían ¿beneficios para quién?, y otros dirían que debemos aceptar las consecuencias inevitables de los adelantos tecnológicos, como se tuvo que consentir a la fotocopiadora y el cassete.
Pero lo que aquí nos interesa es el autor, no las consideraciones económicas, que van más con otro tipo de artículos ¿Existe el autor? Cuando se respondió negativamente esta pregunta –con la muerte del sujeto como transfondo- se quería decir, entre otras cosas, que toda obra es apenas un germen a gestarse en el lector, el fruidor, el intérprete -o como queramos llamarlo; lo que será de la obra está a cuenta y riesgo de quien se posesione estéticamente de ella. Todo estilema, toda huella de identidad, está entre paréntesis. Entonces ¿dónde queda el autor en el comercio pirata donde la noción sobre él es tan básica por no decir que la compra está guiada por criterios al azar? En medio de una barahúnda, y nunca como antes, en el caso del cine, el film del autor se puede encontrar con filmes pornográficos, comiquitas o chistes del Conde del Guacharo. Todos los títulos indiferenciados se amontonan, quedan esparcidos por doquier a la espera de que un ojo ávido de novedades los ubique ¿realmente importa eso? En ese cambalache problemático y febril de las aceras atestadas no hay lector, ni intérprete: el sujeto no sólo está muerto sino sepultado diez metros bajo tierra. Apenas se produce un acto de adquisición, indolente la mayor parte de las veces Definitivamente el autor no existe. Compremos y consumamos
No hay comentarios:
Publicar un comentario